domingo 30 de agosto de 2009

Tienes menos luces que las fiestas de Santa Fe

Si preguntásemos a cualquier persona por algunos de los recuerdos que guarda de su ciudad natal, a buen seguro su respuesta incluirá las fiestas patronales, esos festejos que año tras año se hacen presentes en nuestros pueblos y ciudades y constituyen el regocijo y el olvido, por unos días, de las penas del sufrido día a día.

En Santa Fe, las fiestas en honor a su patrón, San Agustín, son sólo eso: un recuerdo. El 27 de agosto se procedió a la quema de El Penas, que este año simbolizaba a la crisis que estamos sufriendo, e incluía una larga cola de parados y múltiples carteles rezando ‘Se vende’. Faltaban, tal vez, alusiones al despropósito de la especulación urbanística, a la apuesta de los ayuntamientos por proyectos tan polémicos como el que acechaba no hace mucho los campos de Santa Fe.

Muerta FADESA, se acabó la rabia, que dirían algunos, y es que el Ayuntamiento de Santa Fe basó todo el futuro del municipio en un proyecto que, se veía venir, salió rana, por más que en la propaganda electoral se nos quisiera presentar engalanado de príncipe.

Pocas luces iluminan hoy las calles del municipio durante la noche, recibiendo tristemente al visitante. No hay actuaciones como en otros años; apenas se sabe que estamos en fiestas. Hay que ser austeros con la crisis, sí, pero curiosamente Santa Fe es el único municipio donde se está notando de una forma tan contundente.

Eso sí (y podrán llamarme demagogo, pero no dejará de ser verdad), a nuestros gobernantes no se les caen los anillos a la hora de subirse los sueldos. Lo dicho, felices fiestas, aunque parezcan un sucedáneo de las mismas.

miércoles 22 de abril de 2009

¡Felicidades!

viernes 3 de abril de 2009

Arreglemos el mundo


Ya se han reunido los amos del mundo. El G-20, que a muchos nos suena a E-621 –sabemos que existe, que hace algo para hacer más grato el condumio, pero del que ignoramos las repercusiones que puede acarrear su uso y abuso-, actúa como tal, decidiendo inyectar a la economía mundial el dinero que, por la mala gestión de unos pocos, nos dolemos unos cuantos millones. Vamos, que entre todos, pagaremos los platos que han roto algunos, con sus juegos malabares. Los países ricos se amonestan, también, entre sí, “niño, deja ya de joder con la pelota…”, y prometen una pronta recuperación de la doliente economía. Todos felices, por tanto, regresan con tareas para casa.

Ahora bien, ¿todos felices?

Ayer oía en la radio que esperábamos salir reforzados de la crisis, con un mundo más justo manteniendo el mismo nivel de comodidades que hoy día. ¿Es eso viable? No. ¿Acaso es justo? Imposible que lo sea. Sustentamos nuestra comodidad de primer mundo sobre los cansados hombros de una ingente mayoría de pueblos cansados de ser pobres. Queremos productos baratos, sin saber de dónde vienen. Deseamos frutas de temporada todo el año. Queremos que tierras baldías sean fértiles y productivas hasta niveles industriales. La Tierra se resiente, el clima cambia, las tierras se desertifican y los manantiales son envenenados. Al hermano pobre le arrancamos sus tierras, su coltan y su biodiversidad en aras de conseguir más grano, más tecnología, más carne y pescado.

La culpa de la crisis económica mundial no la tienen las grandes entidades bancarias, ni la pésima gestión política de nuestros dirigentes, ni tan siquiera los promotores urbanísticos que destruyeron la tierra fértil para poner ahí casas sin fin. La culpa la tenemos todos, tú por comprar más casas de la cuenta y especular con su precio, él por no velar por la procedencia del alimento que consume, ella por ir a trabajar en coche en lugar de en transporte público, aquellos por hacer oídos sordos a quienes proclaman con desgarrada voz que debemos cambiar nuestro modo de vida, que nos sobran comodidades y despilfarramos recursos. Nosotros, todos, por inventar y seguir la pantomima de una democracia ficticia, por no exigir el cambio, por no ser artífices del mismo. Nosotros, en definitiva, por el egoísmo y el ansia destructora que caracteriza a nuestra especie más que cualquier otra cosa. Vivimos una crisis, ante todo, de valores.

¿Realmente queremos un mundo más justo? Pensemos que el desarrollo real puede estar en el decrecimiento.

Buscador